Solidaridad Femenina

Autor/a: Patricia Borensztejn

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Ese día, él entró al salón y notó algo raro. Como si hubiera un ambiente distinto del habitual. Sin embargo, estaban las mismas caras. Sin embargo, las mesas estaban igual de ocupadas. Sin embargo, la música era la de siempre. Nada había cambiado. Pero algo sucedía. De eso estaba seguro. Se sentó en la mesa de siempre. Desde allí miró las mesas de las mujeres. Había muchas y hablaban. Había también algunos lugares vacíos. De las que estaban ya en la pista, bailando. También el lugar de ella estaba vacío. Pero ella no estaba en la pista. Quizás no había llegado aún. Quizás, pensó de repente, quizás era eso lo raro. Que ella no estaba. Que quizás ella jamás estaría allí. Eso pensó. Y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Voy a esperar. Pensó él. Mi primer tango será para ella, así que la voy a esperar. Pensó él, de nuevo. Le hizo una seña a la moza, y le pidió un vaso de vino tinto, y un platito con queso cortado. Mientras la espero, pensó. O quizás lo dijo en voz alta cuando la moza se retiraba con su pedido. Ya no sabía si su voz hablaba o pensaba. Estoy desorientado. Pensó. Como el tango. La moza trajo el vino y el queso. Él tomó el vino. Comió el queso. Todo eso sucedió. Y ella no estaba allí. Entonces él pensó, y bueno, ella se lo pierde. Seguro que no vino porque está enojada. Pero no es para tanto. Como exageran las mujeres. Siempre. Nunca. Y otro escalofrío recorrió su cuerpo. El último bocadito de queso lo encontró con los primeros compases de Di Sari. Ella se lo pierde, volvió a pensar. Y clavó su mirada en la suiza que siempre moría por bailar con él. La suiza sonrió. Se levantó de su silla. Pero en lugar de dirigirse a la pista, rodeó la mesita y se perdió por detrás de la pista, rumbo probablemente al baño. El quedó de pié. Y miró a una japonesa que había visto bailar tantas veces. Qué bien bailan las japonesas, le repetía una y otra vez a su compañera. Anda a sacarla a bailar, le decía ella. Pero él no. Se moría de ganas pero no lo había hecho. Así que hoy sí. Avanzó unos pasos hacia la japonesita. Tarde. Ella ya había aceptado otra propuesta de un hombre vecino a ella. El, volvió a quedarse de pié. Lo intento de nuevo, pensó. Pero la tercera es la vencida. Por allí atrás había una mujer. Una veterana. No baila muy bien pero que importa. Pensó él. No me voy a quedar sin bailar la tanda de Di Sarli. Así que se acercó a la mesa de la veterana. Y cuando estaba a su lado, le dijo, lo que nunca. ¿Bailas? y la veterana lo miró, de arriba a abajo, y le dijo. No. No bailo. Me duelen los pies ahora. El volvió a su mesa. Aturdido. Desorientado. Nunca tres rechazos seguidos. Nunca a él. El rey de la milonga. Eso me pasa por no esperarla a ella. Pensó. Y otro escalofrío volvió a atravesarle el cuerpo. Pasó la noche. O al menos, algunas horas de la noche. Ella no apareció. El, no pudo sacar a bailar a ninguna mujer. Cada vez que lo intentaba, la mujer elegida encontraba una manera para rechazarlo ignorándolo a veces, negándose otras. Cuando ya la noche estaba muy entrada, el hombre comprendió. Ninguna mujer lo iba a acompañar esa noche. Ella no estaba, pero estaba allí, en todas las mujeres. Solidaridad femenina. Eso era. Y otro escalofrío le recorrió el cuerpo.

Fuente: Crónicas de Tango y Milonga.


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