Callados

Autor/a: Graciela H. López

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Desde las miradas, ya se había producido una dulce corriente de simpatía. La primera vez que bailaron juntos, todo tenía un suave toque de incógnita, de expectativa. Estaban un poco tensos, pero a pesar de eso, ella se sintió segura en esos brazos. No fue un tango cualquiera, “Pavadita” no es ninguna tontería, pensó ella. Quedaron callados al terminar, serios, un poco incómodos, mirando a cualquier lado mientras esperaban que volviera a sonar la música. Parecía un acuerdo tácito. Sabían que cualquier frase, aun la mejor, iba a romper el hilito encantado que habían tejido bailando. Con el segundo tango, él se animó a hacerle propuestas más complicadas. Ella aceptó y lo acompañó con unos pasos chiquitos y tiernos en cada compás. Hablaron así, en silencio, cadencia va, cadencia viene, pausa, mimo y compás. Cuerpo y cuerpo, sintiendo vaya a saber qué latidos, qué estremecimientos, qué dolores que no nombran las palabras. Ella percibió la calidez de ese hombre que realmente sabía conducir el baile, de un modo sensible y talentoso. Él notó con gusto la delicadeza y el modo esmerado y atento, con que ella seguía sus pasos. Cuando dejaron de bailar, cada uno dijo un lacónico “gracias” apenas musitado. Desde entonces, cuando se encuentran de casualidad en cualquier milonga, se buscan con los ojos, sonríen y bailan. Hace tiempo que esta ceremonia se repite. Nunca se han dicho una palabra, nunca se vieron fuera de una pista. Bailan, y su tango es un encuentro apasionado, dulce y fugaz. Cada tango podría ser el último. No saben sus nombres, no hablan con nadie, no hay citas, ni promesas ni reclamos. Ella es una mujer un poco solitaria. Él en cambio no. Va a bailar de vez en cuando, porque es su pasión más recóndita, como otros van al fútbol o al boliche. Está casado y atiende junto a su esposa, un mercadito de esos que todavía quedan, en José C. Paz. Hace dieciocho años que están juntos y no han podido tener hijos, por eso tiempo atrás han decidido adoptar. El día en que esto sucede, precisamente, se dirigen al juzgado de menores que tienen asignado. Van a tener una entrevista, y eso es algo que él no ha hecho nunca en su vida. Mientras esperan, se empeña en darle ánimos a su señora, aunque él también está molesto y nervioso. Tal vez el juez no pueda darle ningún chico, o piense que él no va a ser un buen padre, o que ya es demasiado grande, tantas cosas que se le vienen a la cabeza ahí sentado, acordarse justo ahora de cuando era chico en el colegio, qué tendrá que ver. Cuando los hacen pasar y la ve, tiene una terrible sensación. A pesar de la ropa seria y de la imponente investidura de la jueza, la reconoce inmediatamente. Queda abochornado y al principio no puede hablar. Ella tiene que hacer un tremendo esfuerzo para reconocer en ese hombre azorado y confundido al varón fuerte y seguro que le permite soñar algunas noches. La charla es llevada al principio por la asistente social y el psicólogo, mientras la doctora temblando levemente, trata de ordenar un poco algunas ideas, sapiencias varias y recuerdos locos que se le saltan de aquí para allá, sin ton ni son. Mientras tanto, él sigue mirando el piso de cuadritos, obstinadamente, contando una y otra vez cuántos entran en cada baldosa. Escucha a su esposa que habla por los dos, y sentada muy junto a él dice: _ Doctora, no vaya a creer que él es así siempre tan callado, ahora porque estamos nerviosos, pero si no, mi marido es un hombre muy dado. La jueza sonríe ya totalmente repuesta, enternecida, casi divertida. _Estoy completamente segura de eso, dice, no me cabe duda que él va a ser un padre sensible y seguro. Hay cosas que se saben sin palabras. Él levanta la vista por primera vez y le sonríe. La entrevista termina con fuertes apretones de manos y buenos augurios. Cualquiera de estas noches, quien sabe cuándo, tal vez vuelvan a verse y a bailar así, callados, como siempre.

Fuente: Secretos de una Milonguera


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